Siempre he creído que el oficio del informático es, en el fondo, el de un solucionador de problemas. Un artesano de la eficiencia. Entré por primera vez en la administración pública, con la cabeza llena de ideas para llevar a cabo la «transformación digital» de la que todo el mundo habla en tiempos de pospandemia.
Mi primer trabajo fue tan revelador como desalentador.
– Necesitamos manuales para que los usuarios se adapten a las nuevas herramientas digitales.
«Bueno… no está mal», me dije. La propuesta concreta fue:
– Haz presentaciones en PowerPoint, conviértelas en PDF y súbelas a la intranet.

Menuda hostia. Por fin conocí a la famosa Transformación Digital del Sector Público. Convertir información relevante, con potencial, dinámica, buscable e interconectable en el formato más estático, pesado y antinatural para un sistema informático. Un documento de 70 páginas que hay que descargar para, seguramente, buscar un solo paso.
Para mí era un sinsentido. Un derroche de tiempo y un servicio pésimo para el usuario final, que no quiere leer una novela, quiere resolver su duda en 10 segundos.
El «sentido común» de un novato
En lugar de quejarme o cuestionar las instrucciones, actué. En un par de días, esbocé una propuesta radicalmente lógica: ‘Desarrollemos un sitio web interno específico para estas guías‘.
¿Tecnología? PHP con Laravel, muy simple, robusto, sencillo, y mantenible por una sola persona.
¿Ventajas?
– Búsqueda instantánea para encontrar cualquier paso en milisegundos.
– Navegación por índices y menús siempre visibles.
– Enlaces internos entre guías relacionadas.
– Actualizaciones en tiempo real, sin tener que editar un documento en local, exportarlo en PDF y re-subirlo cada vez que se cambia una coma.
– Responsive, accesible desde un teléfono móvil, tablets u ordenadores.
Para dejar claro que no era una idea desproporcionada, imposible de hacer, o que costaría mucho dinero o tiempo, me puse mano a la obra. Desarrollé un prototipo funcional y lo subí a un servidor de pruebas que tenía en aquel entonces. Lo tenía funcionando en una máquina virtual que me costaba 3 euros al mes. Lo que cuestan dos cafés. Lo subí a GitHub para que fuera transparente y reusable. La prueba de concepto era brutal (o al menos me lo parecía a mi y a varios compañeros).

El «sentido común» de la burocracia
Presenté la propuesta con ilusión. La respuesta no fue un «no» rotundo. Fue algo mucho más sofisticado y decepcionante al mismo tiempo.
– Nuestros servidores no admiten PHP. Tecnológicamente, no es viable.
¡Aquí está! ¡El muro!
Mi aplicación, que funcionaba perfectamente en una máquina de 3 euros, era inviable para una institución que gasta millones en proyectos tecnológicos.
¿Era realmente inviable?
Por supuesto que no. La traducción real de esta frase era:
– «Nuestro procedimiento de homologación de tecnologías es tan rígido que sólo admite una lista cerrada de software del 2010.»
– «Es más seguro decir ‘no’ porque el protocolo lo avala, que decir ‘sí’ y asumir una milésima parte de riesgo.»
– «Un PDF en la intranet es ‘auditable’. Una web dinámica con una base de datos da ‘miedo'».
Mi primer choque y lección real en la administración
Ese fue mi bautismo. Comprendí que la transformación digital de la que hablan muchos dirigentes políticos nada tiene que ver con la tecnología. Tiene que ver con poder, procedimientos y miedo.
Digitalizar no es escanear procesos viejos. Es rediseñarlos desde cero. Y eso asusta, porque cuestiona la estructura de poder existente, los presupuestos asignados y la comodidad de lo conocido, aunque sea obsoleto.
Aquellos PDFs no eran la solución al problema de los usuarios. Eran la solución a un problema de la administración: poder tachar la casilla de «hecho» con el mínimo riesgo posible.
Yo, con mi web de 3 euros, no estaba proponiendo una solución técnica. Estaba proponiendo un cambio cultural. Y eso, en la burocracia, es la propuesta más radical y peligrosa de todas.
Autor
Human. Focused on the digital transformation of society.